martes, 15 de mayo de 2012

QUE ES LA RESEÑA LITERARIA Y UN EJEMPLO

LA RESEÑA LITERARIA
Una reseña literaria es una presentación oral o escrita de la opinión de un crítico sobre una obra, justificada con hechos a incidentes específicos (pasajes) de la pieza en cuestión.
Su propósito principal es dejar saber si vale la pena leer el libro que está en discusión. Independientemente si el lector ha leído la obra, el autor de la reseña debe incluir alguna información sobre el contenido, sin olvidar nunca que el objetivo de la reseña es una presentación de la opinión del crítico literario.
La reseña no debe confundirse con un reporte. Un reporte es completamente comprensivo. Se limita a una presentación totalmente objetiva de hechos: título, autor, género, precio, datos relacionados con la publicación, condiciones bajo las cuales la obra fue producida, construcción de los hechos, ilustraciones presentadas, etc...
          Preparación para hacer una reseña literaria:
1.    Todo crítico debe seguir los siguientes pasos antes de hacer una reseña literaria sobre un hecho o trabajo específico:
2.    Evitar leer resúmenes, comentarios o propaganda anterior a la lectura del libro.
3.    Leer solamente cuando se está alerta y dispuesto.
4.    Leer con luz apropiada y con un mínimo de distracciones a interrupciones .
5.    Razonar cuidadosamente el título del libro o trabajo y el significado e implicación.
6.    Leer el prólogo para familiarizarse con la intención del autor.
7.    Leer la tabla de contenido (si esta existiera) para enterarse de la organización  básica del libro.
8.    Conocer el género del libro o la obra para poder juzgar de acuerdo a éste.
9.    Tener una copia personal del libro o del trabajo, si es posible, para poder hacer anotaciones según se va leyendo.
10. Si el libro no es propio, mantener hojas de papel disponibles para anotar las reacciones a insertarlas en el libro.
11. Leer el libro en su totalidad para tener una impresión general. Sobre esta impresión inicial, hacer un bosquejo mental de cómo se va a trabajar en la reseña.
12. Leer el libro por segunda vez, en esta ocasión para darle énfasis a aquellos detalles que pueden fortalecer la impresión inicial o modificarla.
          Los elementos expuestos a continuación se deben tener en cuenta en el arreglo para la redacción de una reseña:
1.    Punto de vista: ¿Quién narra o interpreta? ¿Hay uno o son varios? ¿Está escrita en primera o tercera persona? Título y prólogo: ¿Cuán preciso y efectivo es el título? Habiendo leído la obra por completo, ¿siente que el título crea un ambiente adecuado? ¿El título viene a ser lo suficientemente significativo para estimular la lectura? ¿Fue el título lo que llamó la atención del lector? Si el autor establece su propósito en el prólogo, ¿cuán efectivo es éste? ¿Es necesario leer el prólogo para entender la obra?
2.    Organización: ¿Cómo está organizado el trabajo? Si es ficción, ¿está la historia contada cronológicamente o en retrospectiva? Si no es ficción, ¿los capítulos están ordenados lógicamente? ¿Los títulos de los capítulos son claros y concisos?
3.    Estilo: ¿Qué estilo utiliza el autor? ¿Formal o informal? ¿Qué hay acerca de la dicción? ¿Es muy difícil para el lector promedio? ¿El estilo va dirigido a una audiencia especial?
4.    Tema: ¿Cuál es el tema del trabajo u obra? ¿De qué se está escribiendo? ¿Cuán evidente es? ¿Es ficción? ¿Es teatro? ¿Es poema? ¿Emplea el autor el simbolismo? ¿Es detectable este simbolismo para un lector astuto? ¿Cuán convincente es el escritor?
5.    Final: ¿Hay lógica entre el final y el punto culminante? ¿Fue el autor hábil en la construcción del final? ¿El personaje principal resuelve el conflicto satisfactoriamente, aunque no necesariamente la obra tenga un final feliz? Después de terminada la lectura, ¿cómo se siente el lector con relación al final? ¿Se olvida fácilmente o permanece en la memoria?
6.    Precisión de la información: Asumiendo que el crítico está calificado para juzgar, ¿cuán precisa es la información ofrecida en el libro? ¿Están los hechos distorsionados de alguna forma? ¿Se pueden notar prejuicios del autor? ¿Omitió eventos significativos que afectarán la veracidad? ¿Las fuentes utilizadas son confiables? Si el trabajo es ficción, ¿los hechos que provee el autor son creíbles y lógicos?
7.    Artificios literarios y descripción física: ¿Utiliza el autor la alusión o lenguaje figurativo? ¿Qué esquema utiliza el libro? Si las fotografías y/o ilustraciones son utilizadas, ¿son un complemento del trabajo o son rellenos del libro? ¿Son las ilustraciones y gráficas claras y fáciles de entender? ¿Contiene el trabajo una sobreabundancia de notas al calce? ¿Las notas aclaratorias son presentadas de manera consistente al final del capítulo o del libro? ¿El esquema es atractivo en general? ¿Cuán relevante es la cubierta del libro con relación al contenido?
Los siguientes factores extrínsecos son importantes en la evaluación de un trabajo: datos biográficos del autor, periodo literario al que pertenece el libro o la obra, intenciones del autor y calificaciones de éste con relación a la materia tratada: Es deber del crítico familiarizarse con algunas de las características básicas del género. También debe conocer acerca de la audiencia a la que el autor dirigió su obra y por otro lado, a la que se le está reseñando. Antes de comenzar a redactar se debe tener en consideración: edad, sexo, educación y trasfondo cultural del público al que se le va a reseñar.
Se sugiere y es opcional leer otras críticas o reseñas que se hayan hecho del libro, siempre y cuando se haya concluido la lectura, para formar una opinión propia. Se debe recordar que las opiniones que no son originales deben estar debidamente documentadas y acreditadas.
Es imprescindible intercalar información del contenido de la obra reseñada con observaciones críticas y evaluativas, porque es muy probable que el lector de la reseña no haya leído la obra.
Organización y redacción de la reseña:
1.    Revisar cuidadosamente todas las notas marginales incluidas durante la lectura.
2.    Reflexionar profundamente sobre éstas y las ideas formuladas hasta que se Ilegue a una sola y única impresión.
3.    Formular una hipótesis y redactarla.
4.    Comenzar a bosquejar las ideas, dejándose llevar por lás anotaciones ya hechas.
5.    Hacer una lista de aquellas notas que apoyen la hipótesis formulada en tarjetas 4 x 6 y eliminar el resto.
6.    Empezar a usar divisiones y subdivisiones de ideas.
7.    Cotejar cada componente: eI bosquejo contra la hipótesis, separando aquellos que sean relevantes y que apoyen la idea principal.
8.    AI comenzar a redactar la reseña, seguir el bosquejo sin hacer cambios.
9.    Proveer atención y énfasis a la introducción del escrito. Debe incluir: la esencia de la hipótesis, una implicación de cómo se propone desarrollarla, el matiz del trabajo, el título del libro reseñado y el nombre del autor y los mejores argumentos que emplearán para defender la hipótesis.
10. Intercalar los comentarios del contenido del libro con observaciones críticas en el texto de la reseña.
11. Escribir una conclusión fuerte y dinámica, sin términos inciertos y con mucha lógica. Nunca usar frases como
'en conclusión' o 'en suma' para iniciar el párrafo final ni tampoco utilizar 'el fin' o 'final' para terminar la             redacción.
12. AI escribir el borrador debe dejarse tres líneas por medio y márgenes amplios para revisiones futuras.
13. Es esencial tener a mano herramientas de referencia como diccionarios y usarlos para la redacción de la reseña.
14. Antes de revisar por primera vez el borrador se debe dejar un día por medio para poder hacer correcciones y cambios objetivamente.
15. Leer lo redactado, por to menos una vez en voz alta. Hacer todas las correcciones necesarias y pasar en limpio de nuevo si fuera necesario.
16. Si hay abundancia de correcciones, no dudar en volver a pasar en limpio y escribir un segundo borrador.
17. Una vez se hayan hecho todas las revisiones y correcciones y se esté convencido de que es la mejor versión, se procede a escribir o mecanografiar la copia final, evitando errores ortográficos. Una vez verificado todo el contenido se debe duplicar la reseña para mantener copias adicionales de ésta.

RESEÑA DE “LA FIESTA DEL CHIVO”
Vargas Llosa, Mario. (2000).  Madrid:  Alfaguara.
           
Vargas Llosa  narrando los últimos días del dictador Rafael Leonidas Trujillo nos da una visión general de su dictadura. Esta vista a través de tres perspectivas diferentes. La primera de estas nos la da una mujer que arrastra un terrible dolor, Urania Cabral, hija de Agustín “Cerebrito” Cabral, presidente del senado durante la dictadura, colaborador y cortesano del dictador. A través de ella conocemos un grupo de personas, del que su padre es el prototipo, muy importante en la dictadura, los burócratas civiles.  Este grupo descrito como: “preparados, cabezas del país,... sensibles, cultos” (p.75),  eran escogidos y utilizados por el dictador  para diversos fines, tales como administrar sus bienes (p. 151) o legitimar las necesidades del régimen (p.150).  Ellos tenían una lealtad y una devoción por Trujillo que llegaban a extremos absurdos.  Competían y conspiraban entre sí (p.232) para estar mas cerca de él. Lo veían como el amo de sus vidas, un rey divino que les hacía un gran favor al permitirles estar a su lado. Por él eran capaces de cualquier sacrificio incluso ofrecerle lo más querido como ofrenda, sus esposas (p.74). El ejemplo más extremo lo ofrece la misma  Urania que nos narra a través de la obra cómo su padre caído en desgracia ante los ojos del dictador, no vacila en ofrecer a su hija a cambio de volver a estar en los círculos íntimos de este. Es como un Abraham bíblico que ofrece lo más valioso: su única hija en sacrificio a su Dios.  De esta forma Vargas Llosa hace patente una idea; la divinización de Trujillo. A este, desde los sectores más cercanos al régimen hasta  los sectores pobres lo perciben como un padre, un ser divino, un mesías mandado por Dios, un elegido. La idea Dios y Trujillo (p.293) está  presente en toda la obra. Otro detalle importante de los burócratas civiles es la habilidad que tuvieron muchos de ellos para sobrevivir al tirano y adaptarse al nuevo sistema democrático (p. 72).
La segunda perspectiva nos la ofrecen los conspiradores que  desesperados esperan a que pase el dictador para darle muerte.  Estos hombres, Antonio de la Masa, Antonio “Tony” Imbert, Amado “Amadito” García Guerrero, Salvador “el Turco” Estrella Sadhalá, Pedro “Negro” Livio Cedeño, Huascar Tejada Pimentel y Roberto Pastoriza Neret tenían varias cosas en común. Eran hombres de acción, pertenecían o estaban vinculados de alguna forma al ejército.  Por supuesto eran trujillistas o mejor dicho eran miembros de la dictadura (este dato es importante, porque un grupo que no estuviera vinculado a la dictadura se le hubiera hecho mucho más difícil lograr un atentado con éxito contra Trujillo). Y lo más importante es que por alguna desgracia personal estaban profundamente decepcionados y resentidos contra el dictador. Tomemos por ejemplo el caso de de la Maza. El hermano de este Tavito, piloto y trujillista acérrimo, participó en el escándalo de Jesús Galíndez, crítico de la dictadura que fue secuestrado en Nueva York y asesinado en Santo Domingo (p.111). Ante el ruego y la advertencia de Antonio para que pida asilo, Tavito le responde: “Aquí no pasará nada. Aquí el jefe manda....¿Por qué no confiar en el jefe?” (p.114).  Debido a la presión internacional el régimen asesina a Tavito y a demás testigos (p.115). Este suceso aparte de darnos la razón por las que de la Maza odia a Trujillo también nos enseña dos aspectos de la dictadura. El primero y como mencionábamos antes, es la total devoción de los miembros del régimen al  dictador. El segundo es la capacidad del dictador para eliminar a sus colaboradores más fieles cuando su seguridad está en juego.  Así como de la Maza, el resto del grupo están convencidos de que la única forma de lograr un cambio es matando al dictador.
            La tercera perspectiva y para mí es la más fascinante es la que nos da el propio  Trujillo de su gobierno y de él mismo. Vargas Llosa entra en la psiquis de Trujillo y trata de “desatanizarlo” y humanizarlo un poco, a la misma vez que intenta entender su dictadura. Así nos presenta a un Trujillo orgulloso de su físico y de ser un “marine” (p.24), obsesionado por la limpieza y la imagen (p.38 y79), hijo fiel y atento (p.366), decepcionado por el rechazo de EU a él, que le había sido tan fiel (p.25), furioso con su ingrato país que no agradecía el haberlo llevado al progreso durante 30 años (p.35), pero convencido que todo lo que hace es por el bien de este (p.227). También lo vemos decepcionado con su familia (p. 231), en especial con sus hijos (p.33).  Agobiado por las presiones de los EU y la OEA (p.25), la iglesia católica que después de tantos años de amistad se le va en contra (p.33) y las conspiraciones del grupo 14 de Junio (p.89), pero nunca dispuesto a rendirse (p.96). Despreciando a otros dictadores que huyeron como Batista, Rojas Pinillas y Pérez Jiménez (p.96) y a los líderes demócratas del caribe que atentan contra él: “ ni Betancourt, la rata del palacio de Mira Flores, ni Muñoz  Marín, el narcómano de Puerto Rico, ni el pistolero costarricense de Figueres lo inquietaban” (p.34). Otros aspectos más siniestros, su racismo y su complejo de ser descendiente de haitianos a quienes odia (p.38 y 367), su falta de remordimiento ante sus crímenes como la masacre haitiana (p.215), la muerte de las hermanas Mirabal, los  asesinatos de Galíndez, de José Almoida y Ramón Marrero Aristy, la represión de la oposición a quienes llama “ratas, sapos, hienas y serpientes” (p.35 y36).  Aparte de la imagen divina de Trujillo hay otras que Vargas Llosa nos da. Por supuesto la del título “el Chivo”,  el carácter sexual de Trujillo, su imagen de padrote, por eso es su dolor ante la impotencia y de todos sus problemas ese es él más que le preocupa: “Este no era un enemigo que pudiera derrotar como a esos miles que había derrotado a lo largo de sus años. Vivía dentro de él, sangre de su sangre. Lo estaba destruyendo ahora que necesitaba más fuerza” (p.26). Otra imagen más importante es la de seductor, hipnotizador, su mirada que es imposible de soportar (p. 47 y 106) que sedujo y hechizó a todo el país. Casi al final de la historia Vargas Llosa nos dice: “poco a poco, la gente iba perdiendo el miedo, o, más bien, rompiéndose el encantamiento que había tenido a tantos dominicanos entregados en cuerpo y alma a Trujillo” (p.490). Un detalle interesante es la visión que se tiene de Trujillo hoy día, la enfermera del senador Cabral nos dice: “Sería un dictador y lo que digan, pero parece que entonces se vivía mejor. Todos tenían trabajo y no se cometían tantos crímenes.” (p. 128). Y como los haitianos volvieron a entrar al país: “ la ciudad acaso el país entero se llenó de haitianos” (p.15).
            Los personajes secundarios nos refuerzan esos puntos de vista. Así vemos a un senador Henry Chirinos “el Constitucionalista Beodo” un ejemplo de los burócratas civiles que sobrevivieron al régimen y se acomodaron al nuevo sistema. Vemos la figura patética del general José René “Pupo” Román paralizado por la noticia de la muerte de Trujillo e incapaz de realizar la tarea asignada en la conspiración, dirigir un golpe de estado. Otra figura patética la ofrece Ramfis Trujillo, el hijo del dictador, incapaz de seguir los pasos de su padre, pero sangriento y despiadado deseoso de venganza. La figura siniestra de Johnny  Abbes, el jefe del servicio secreto de la dictadura, está siempre presente. Frío y calculador, desconfiando de todos, pero con una lealtad absoluta a su amo Trujillo. Él mismo le dice a su amo: “Yo vivo por usted para usted. Si me permite yo soy el perro guardián de usted.” (p.95).
            Un personaje que adquiere importancia casi al final de la obra es Balaguer. Es interesante como Vargas Llosa lo presenta. Primero como  lo percibe Trujillo: “afable y diligente poeta y jurista” (p.284), “falto de ambiciones” (p.287).  Lo trata con respeto: “es el único de mis colaboradores que nunca he tuteado” (p.288). Se atreve a llevarle la contraria al dictador (p.304). Para Abbes es una persona digna de desconfianza (p.99). A la muerte del dictador Balaguer adquiere una presencia heróica. Lo vemos astuto con su trato a los familiares del dictador y quitándole la delantera a Johnny  Abbes en la jugada por el poder (p.450, 455). Tomando su rol de presidente legal (p.453). Valiente enfrentando a Ramfis (p.459) y a los hermanos del dictador (p.479). Profundamente dolido con la muerte de los conspiradores y los guardias que se supone los custodiaran (p.479). Y profundamente alegre cuando supo de la supervivencia de algunos de ellos(p.479). A mi entender esa forma de Vargas Llosa presentar a Balaguer un tanto valiente y sabio es porque simpatiza con él. No hay que olvidar que tanto Vargas Llosa como Balaguer son tendencias centro-derechistas.
            Encuentro que Vargas Llosa deja inconclusos dos temas en su obra. El primero  es que no nos dice como fue que “Cerebrito” Cabral cae en desgracia y si Chirinos tuvo que ver en eso. Tampoco nos dice quién fue la mano amiga que evitó que Trujillo viera el memorando sobre la salida de Urania del país (p.283). Uno se queda con  curiosidad sobre ese tema. Él segundo es que no nos explica cómo Trujillo hechiza a todo el país. Sobre sus orígenes sólo da detalles fugaces y en ese sentido falla  en su intento de entender a la dictadura.
           
Miguel Méndez Hernández
Universidad De Puerto Rico
Recinto de Río Piedras



UNA CONQUISTA

UNA CONQUISTA
Horacio Quiroga (Uruguay)
Él:
Cada cuatro o cinco días, y desde hace dos meses, recibo cartas de una desconocida que, entre rasgos de ingenuidad y de esprit, me agitan más de lo que quisiera. No son éstas las primeras cartas de femenina admiración que recibo, puede creerse.
Cualquier mediano escritor posee al respecto un cuantioso archivo. Las chicas literatas que leen mucho y no escriben, son por lo general las que más se especializan en esta correspondencia misteriosa, pocas veces artística, sentimental casi siempre, y por lo común estéril.
En mi carácter de crítico, me veo favorecido con epístolas admirativas y perfumadas, donde se aspira a la legua a la chica que va a lanzarse a escribir, o a la que, ya del oficio, melifica de antemano el juicio de su próximo libro.
Con un poco de práctica, se llega a conocer por la primera línea qué busca exactamente la efusiva corresponsal. De aquí que haya cartas amabilísimas que nos libramos bien de responder, y otras reposadas, graves -casi teosóficas -, que nos apresuramos a contestar con una larga sonrisa.
Pero de esta anónima y candorosa admiradora no sé qué pensar. Ya dos veces me he deslizado con cautela, y por la absurda ingenuidad de su respuesta he comprendido mi error. ¿Qué diablos pretende? ¿Atarme de pies y manos para leerme un manuscrito?
Tampoco, por lo que veo. Le he pedido me envíe su retrato; muy gentil cambio de fotografías. Me ha respondido que teniendo a la cabecera de su cama cuatro o cinco retratos míos recortados de las revistas, se siente al respecto plenamente satisfecha. Esto en cuanto a mí. En cuanto a ella, es "apenas una chica feúcha, indigna de ser mirada de cerca por un hombre de tan buen gusto como yo".
¿No muy tonta, verdad?
Pero ella busca leerme una novelita...u otra cosa. Si siendo fea pretende sólo elogios, debería estar desengañada después de mi primer alerta, porque no hay mujer capaz de equivocarse sobre las ilusiones de un escritor de moda, cuando insiste en escribir a una humilde muchacha que lo admira.
Es mona, pues; escribe novelitas en hojas arrancadas de un cuaderno, y se ha lanzado a la conquista; de un crítico. Ayudémosla. Acabo de enviarle cuatro líneas' en estos o aproximados términos:
"Señorita: ¿No cree usted que es ya tiempo de que nos conozcamos? Con toda: la estimaci6n que le profeso, no tendría fuerzas para continuar una correspondencia que me confío en que usted no me dará el disgusto de dejármelo suponer, negándome el placer de verla".
Voilá. No se me escapa lo que voy jugando en esta carta. Si la chica no es verdaderamente mona, está perdida para mí. Y nada digo de su indignación ante el donjuanesco ultimátum que transfiere la cartita. De "Maestro", con una gran eme, paso a critiquillo, y no hallaré enemigo más acalorado y terco que mi admiradora de ayer.
Pero si ella desea seriamente escribir, y Dios le ha deparado una de esas caritas que se entregan a los ojos de un hombre como una muda y regia tarjeta de presentaci6n, se sentirá débil ante el homenaje de su gran hombre.
He aquí la respuesta. Acaba de llegarme. Me concede el disgusto solicitado de una nueva desilusión; y para ella, el honor de comprobarlo en mis ojos súbitamente fríos.
Perfectamente. Voy a su encuentro, pregustando el próximo instante en que me será presentada aquella tarjeta, y que de un momento a otro deberé tomar en mis manos.
¡Cuándo, Dios mío! La tengo ante mí, mirándome ruborizada, y me repito sin cesar de mirarla y de hablarla: ¡Cuándo, cuándo!
Yo tengo alguna experiencia como "hombre de gusto", y domino bien la expresi6n de mis ojos. Pero ahora los siento temblar en un pestañeo imperceptible, mientras sigo las líneas de su boca al hablar, y aspiro de ella todo su perfume.
¡Y con esa hermosura, haber demorado dos meses el hechizo de sentirla cortada ante mí, llamándome con voz honda: "¡Maestro!"
-¡Oh, no, no escribo! -me dice-. Leo mucho, y soy felicísima cuando tengo un buen libro.
-¿Novela?
-¡Y también versos. Pero no comprendo mucho el verso... Lo que me encanta es la crítica.
Cuando hallo expresado magistralmente por un escritor lo que yo siento con una lectura y que no alcanzo a definir, ¡oh, me considero verdaderamente dichosa!
-Y. de esa dicha, ¿un poquito no alcanza hasta su crítico?
Me mira entonces de costado, sonriendo con nuevo rubor:
-¡Figúrese usted!
Y mientras esto pasa, me pregunto sin cesar cómo y por qué esta lindísima chica ha resistido dos meses al orgullo de sentir muy cerca de sí al hombre cuyo arte admira hasta el punto de entregarle su adoración en plenos ojos: "¡Maestro!"
Demasiada admiración, es la palabra. y aprecio ahora la absurda ingenuidad de su respuesta a la insinuación que anoté.
Pero si no hay otra cosa, ¿por qué se resistió a verme, y me dijo que era fea, y por qué tiene mis cinco retratos adheridos a la cal de la pared?
Es lo que debo aclarar en una nueva entrevista.
¿Otra?... Tal vez; pero no allí mismo, en plena calle. y me hace notar entonces que no es libre, aunque haya consentido que la llamara señorita hasta ese momento.
-Soy casada.
Yo la miro entonces y bosquejo en mi interior una larga y vaga sonrisa. Pero ella lee mal en mis ojos.
-¡Oh, no he querido decir eso, señor!... ¡Yo no soy hipócrita, ni podría serlo con usted, Maestro! Mi esposo tendría también mucho placer en conocerlo. El sabe que le he escrito;
...¡Y lo estima tanto a usted!
"¡Ah, diablita! -continúo diciéndome yo mientras la escucho-. Estoy seguro de que no podrías ser hipócrita conmigo...¡Si comprendo!.
-Señora... -me inclino grave.
Pero ella, tocándome apenas el brazo:
-¿A usted no le disgusta conocerlo, verdad? Ahora viene... Sabe que estamos los dos aquí... ¡Y como se va a alegrar! Vendrá no sé cómo, agitado... ¡El pobre trabaja tanto! Es vendedor... ¡Oh, no! Dependiente de tienda, lejos del centro. ..j Ya está aquí!
¿Lo ve usted? ¡Epamí! ¡Aquí! Y Epaminondas cruza la calle para sacudir mi mano entre las suyas, con respetuosísima alegría.
Tampoco él cabe de orgullo al sentirse junto a mí. Yo observo a uno y a otro, al pequeño, feliz y predestinado dependiente de tienda, y su mujercita, que continúa sonrojándose de risa. El tiempo pasa, no obstante, y los esposos se miran. Parecen tener un secreto difícil de librar.
-¿Sí, Estercita? -insinúa tímidamente él.
-¡Pero es claro! -le responde ella con nuevo rubor-. ¡Eres tú el que debe hacerlo!
Y Epaminondas se atreve por fin: invitarme a ir a su casa. ¡Oh!, bien saben ellos que un maestro de la crítica como yo, no son casitas como la suya las que frecuenta noche a noche... Pero hay además otros motivos. Él, Epaminondas, comprende muy bien que, en pos del honor que yo he hecho a su esposa de sostener correspondencia con ella, es justo que queramos hablar de esas cosas. Pero las gentes no comprenden, y juzgarían mal al vernos a menudo juntos en la callé. ¿Por qué no ir a casa de ellos, a su pobre casita, que quedaría tan honrada con mi presencia?
-Encantado... -exclamo.
-¿No ves, tonto'? -se toma ella tiernísima del brazo de Epaminondas, ruborizándose por vez al notar que la miro hasta el fondo.
-¡Magnífico! -dice él-. ¿Y por qué no comenzar esta misma noche? ¿No te parece, Estercita?
Todos somos de igual parecer. Y los esposos se despiden de mí, felicísimos con mi promesa, mientras yo quedo inmóvil, siguiendo con los ojos desde el tobillo hasta los rizos de la nuca, a aquella espléndida y mórbida criatura que se arquea y retarda un poco, bajo la presión de Epaminondas, que se apoya en su brazo.
"¡Ah, diablita! -murmuro de nuevo-. Te has dado el lujo de engañarme dos meses seguidos... cuando yo saltaba de sorpresa ante la ingenuidad de tus cartas. He conocido mujercitas muy listas; pero como tú, ninguna. Epaminondas, Estercita...
Perfectamente. En dos meses de rubor, hoyuelos al reír y dulce educación de tu marido, has logrado que él mismo me ofrezca su casa... infinitamente menos peligrosa que la calle. Sí, pequeña, iré esta noche..."
Concluimos de cenar -pues a ello fui _invitado-, y acabamos de pasar a la salita, donde la dueña de casa nos sirve el café. Y retirándose:
-Los hombres deben estar un momento solos- me mira ella radiante, con un nuevo hoyuelo en la sonrisa.
ELLA:
Desde aquí, por la puerta entreabierta, los veo bien. No hago el menor movimiento. Epamí me da la espalda, y lee. Está leyendo su novelita, por fin... y es feliz, ahora... ¡completamente feliz!
¡Dios mío! ¡Lo que he debido maniobrar para conseguirle esta dicha!
De frente a mí, cruzado de piernas y con el cigarro en la mano, está él inmóvil.
¡Pobre maestro! Me parece que no he procedido del todo bien con él. Tiene el seño contraído y los ojos fijos en Epamí. No mueve más que el brazo para llevar de vez en cuando el cigarro a la boca, y el humo lo envuelve sin que esquive una línea de su cara.
Daría algo por saber lo que está pensando. ¡Dios mío! Epamí se moría si no llegaba a leer al maestro de la crítica su primer novelita... y me he sacrificado
Fin

HORACIO QUIROGA
Biografía
(Salto, 1878 - Buenos Aires, 1937) Narrador uruguayo radicado en Argentina, considerado uno de los mayores cuentistas latinoamericanos de todos los tiempos. Su obra se sitúa entre la declinación del modernismo y la emergencia de las vanguardias.
Las tragedias marcaron la vida del escritor: su padre murió en un accidente de caza, y su padrastro y posteriormente su primera esposa se suicidaron; además, Quiroga mató accidentalmente de un disparo a su amigo Federico Ferrando.
Estudió en Montevideo y pronto comenzó a interesarse por la literatura. Inspirado en su primera novia escribió Una estación de amor (1898), fundó en su ciudad natal la Revista de Salto (1899), marchó a Europa y resumió sus recuerdos de esta experiencia en Diario de viaje a París (1900). A su regreso fundó el Consistorio del Gay Saber, que pese a su corta existencia presidió la vida literaria de Montevideo y las polémicas con el grupo de J. Herrera y Reissig.
Ya instalado en Buenos Aires publicó Los arrecifes de coral, poemas, cuentos y prosa lírica (1901), seguidos de los relatos de El crimen del otro (1904), la novela breve Los perseguidos (1905), producto de un viaje con Leopoldo Lugones por la selva misionera, hasta la frontera con Brasil, y la más extensa Historia de un amor turbio (1908). En 1909 se radicó precisamente en la provincia de Misiones, donde se desempeñó como juez de paz en San Ignacio, localidad famosa por sus ruinas de las reducciones jesuíticas, a la par que cultivaba yerba mate y naranjas.
Nuevamente en Buenos Aires trabajó en el consulado de Uruguay y dio a la prensa Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917), los relatos para niños Cuentos de la selva (1918), El salvaje, la obra teatral Las sacrificadas (ambos de 1920), Anaconda (1921), El desierto (1924), La gallina degollada y otros cuentos (1925) y quizá su mejor libro de relatos, Los desterrados (1926). Colaboró en diferentes medios: Caras y Caretas, Fray Mocho, La Novela Semanal y La Nación, entre otros.
En 1927 contrajo segundas nupcias con una joven amiga de su hija Eglé, con quien tuvo una niña. Dos años después publicó la novela Pasado amor, sin mucho éxito. Sintiendo el rechazo de las nuevas generaciones literarias, regresó a Misiones para dedicarse a la floricultura. En 1935 publicó su último libro de cuentos, Más allá. Hospitalizado en Buenos Aires, se le descubrió un cáncer gástrico, enfermedad que parece haber sido la causa que lo impulsó al suicidio, ya que puso fin a sus días ingiriendo cianuro.

miércoles, 9 de mayo de 2012

EL CATACLISMO DE DAMOCLES

Gabriel García Márquez:
 El cataclismo de Damocles
4 de noviembre del 2001
Un minuto después de la última explosión, más de la mitad de los seres humanos habrá muerto, el polvo y el humo de los continentes en llamas derrotarán a la luz solar, y las tinieblas absolutas volverán a reinar enel mundo. Un invierno de lluvias anaranjadas y huracanes helados invertirá el tiempo de los océanos y volteará el curso de los ríos, cuyos peces habrán muerto de sed en las aguas ardientes, y cuyos pájaros no encontrarán el cielo. Las nieves perpetuas cubrirán el desierto del Sahara, la vasta Amazonia desaparecerá de la faz del planeta destruida por granizo, y la era del rock y de los corazones trasplantados estará de regreso a su infancia glacial. Los pocos seres humanos que sobrevivan al primer espanto, y los que hubieran tenido el privilegio de un refugio seguro a las tres de la tarde del lunes aciago de la catástrofe magna, solo habrán salvado la vida para morir después por el horror de sus recuerdos. La creación habrá terminado. En el caos final de la humedad y de las noches eternas, el único vestigio de lo que fue la vida serán las cucarachas. Señores Presidentes, señores Primeros Ministros, amigas, amigos: Esto no es un mal plagio del delirio de Juan en su destierro de Patmos, sino la visión anticipada de un desastre cósmico que puede suceder en este mismo instante: la explosión -dirigida o accidental- de sólo una parte mínima del arsenal nuclear que duerme con un ojo y vela con el otro en las santabárbaras de las grandes potencias. Así es. Hoy, seis de agosto de 1.986, existen en el mundo más de cincuenta mil ojivas nucleares emplazadas. En términos caseros, esto quiere decir que cada ser humano, sin excluir a los niños, está sentado en un barril con unas cuatro toneladas de dinamita, cuya explosión total puede eliminar doce veces todo rastro de vida en la Tierra. La potencia de aniquilación de esta amenaza colosal, que pende sobre nuestras cabezas como un cataclismo de Damocles, plantea la posibilidad teórica de inutilizar cuatro planetas más que los que giran alrededor del sol, y de influir en el equilibrio del sistema solar. Ninguna ciencia, ningún arte, ninguna industria se ha doblado a sí misma tantas veces como la industria nuclear desde su origen, hace cuarenta y un años, ni ninguna otra creación del ingenio humano ha tenido nunca tanto poder de determinación sobre el destino del mundo. El único consuelo de estas simplificaciones terroríficas, - si de algo nos sirven -, es comprobar que la preservación de la vida humana en la tierra sigue siendo todavía más barata que la peste nuclear. Pues con el solo hecho de existir, el tremendo Apocalipsis cautivo en los silos de la muerte de los países más ricos está malbaratando las posibilidades de una vida mejor para todos. En la asistencia infantil, por ejemplo, esto es una verdad de aritmética primaria. El UNICEF calculó en 1.981 un programa para resolver los problemas esenciales de los quinientos millones de niños más pobres del mundo. Comprendía la asistencia sanitaria de base, la educación elemental, la mejora de las condiciones higiénicas, del abastecimiento de agua potable y de la alimentación. Todo esto parecía un sueño imposible de cien mil millones de dólares. Sin embargo, ese es apenas el costo de cien bombarderos estratégicos B-1B, y de menos de siete mil cohetes Crucero, en cuya producción ha invertido el gobierno de los Estados Unidos veintiún mil doscientos millones de dólares. En la salud, por ejemplo: con el costo de diez portaviones nucleares Nimitz, de los quince que van a fabricar los Estados Unidos antes del año2.000, podría realizarse un programa preventivo que protegería en esos mismos catorce años a más de mil millones de personas contra el paludismo,
 
y evitaría la muerte - sólo en África - de más de catorce millones de niños. En la alimentación, por ejemplo: el año pasado había en el mundo, según cálculos de la FAO, unos quinientos setenta y cinco millones de personas con hambre. Su promedio calórico indispensable habría costado menos que ciento cuarenta y nueve cohetes MX, de los doscientos veintitrés que serán emplazados en Europa Occidental. Con veintisiete de ellos podrían comprarse los equipos agrícolas necesarios para que los países pobres adquieran la suficiencia alimentaria en los próximos cuatro años. Ese programa no alcanzaría a costas ni la novena parte del presupuesto militar soviético de 1.982.En la educación, por ejemplo: con sólo dos submarinos atómicos Trident, de los veinticinco que planea fabricar el gobierno actual de los Estados Unidos, o con una cantidad similar de los submarinos Tifón que está construyendo la Unión Soviética, podría intentarse por fin la fantasía de la alfabetización mundial. Por otra parte, la construcción de las escuelas y la calificación de los maestros que harán falta al Tercer Mundo para atender a las demandas adicionales de la educación en los diez años porvenir, podrían pagarse con el costo de los doscientos cuarenta y cinco cohetes Trident II, y aún quedarían sobrando cuatrocientos diecinueve cohetes para el mismo incremento de la educación en los quince años siguientes. Puede decirse, por último, que la cancelación de la deuda externa de todo el Tercer Mundo, y su recuperación económica durante diez años, costaría poco más de la sexta parte de los gastos militares del mundo en ese tiempo. Con todo, frente a este despilfarro económico descomunal,  es todavía más inquietante y doloroso el despilfarro humano: la industria de la guerra mantiene en cautiverio al más grande contingente de sabios jamás reunido para empresa alguna en la historia de la humanidad. Gente nuestra, cuyo sitio natural no es allí sino aquí, en esta mesa, y cuya liberación es indispensable para que nos ayuden a crear, en el ámbito de la educación y la justicia, lo único que puede salvarnos de la barbarie: una cultura de la paz. A pesar de esas incertidumbres dramáticas, la carrera de las armas no se concede un instante de tregua. Ahora, mientras almorzamos, se construyó una nueva ojiva nuclear. Mañana cuando despertemos, habrá nueve más en los guadarneses de muerte del hemisferio de los ricos. Con lo que costará una sola de ellas alcanzaría - aunque sólo fuera por un domingo de otoño -para perfumar de sándalo las cataratas del Niágara. Un gran novelista de nuestro tiempo se preguntó alguna vez si la tierra no será el infierno de otros planetas. Tal vez sea mucho menos: una aldea sin memoria, dejada de la mano de sus dioses en el último suburbio de la gran patria universal. Pero la sospecha creciente de que es el único sitio del sistema solar donde se ha dado la prodigiosa aventura de la vida, nos arrastra sin piedad a una conclusión descorazonadora: la carrera de las armas va en sentido contrario de la inteligencia. Y no sólo de la inteligencia humana, sino de la inteligencia misma de la naturaleza, cuya finalidad escapa inclusive a la clarividencia de la poesía. Desde la aparición de la vida visible en la tierra debieron transcurrir trescientos ochenta millones de años para que una mariposa aprendiera a volar, otros ciento ochenta millones de años para fabricar una rosa sin otro compromiso que el de ser hermosa y cuatro eras geológicas para que los seres humanos - a diferencia del abuelo Pitecántropo - , fueran capaces de cantar mejor que los pájaros y morirse de amor. No es nada honroso para el talento humano, en la edad de oro de la ciencia, haber concebido el modo de que un proceso multimilenario  tan dispendioso y colosal, pueda regresar a la nada de donde vino por el arte simple de oprimir un botón.

jueves, 3 de mayo de 2012


El rifle

La mañana refulge gloriosa y las vitrinas de todos los almacenes están de gala, de alegría y paz en el señor. En esa víspera clásica se exhiben con ingenua elegancia, para tentación de chicuelos y de papás, cuantos juguetes, comestibles y ociosidades han creado las industrias nacionales y extranjeras. Gentes de toda clase y condición atisban aquí, husmean allá, trasiegan por dondequiera, en busca de los regalos que, en aquella noche de venturanzas, ha de traer el Niño Dios a la rapacería de la familia. Demandaderas y sirvientes van y vienen, cargados de cajas y envoltorios; los obsequios se cruzan, los presentes se cambian, mientras la horda mendicante implora e implora en ese momento cristiano en que los corazones se ablandan.
Un caballero, de aire noble y ya maduro, observa desde una esquina del Capitolio aquel agitarse vertiginoso de la colmena. Su aire revela hondos pesares. ¿Cómo no? Es un señor sin hijos, separado de su mujer y forastero en la capital. La soledad y el hielo de su vida le acosan en este día en que se rinde culto a la familia, se prende el lar de los afectos y se piensan en los ausentes y en los muertos queridos.
La felicidad que nota en tanta cara extraña le hace más acerba su desgracia.
- |¿Embolo mesio? -le dice un granujilla hasta de once años, con voz arrulladora de súplica. El hombre hace una señal de asentimiento, pone un pie sobre la caja y el menestralillo empieza.
Está astroso, desharrapado, roto; pero sus manitas y sus pies son escultóricos, sus uñas encañonadas y pulidas. En medio de aquel desaseo se adivina en esas extremidades el proceso de una estirpe aristocrática. En torno del raído casquete se alborotan unos bucles castaños que enmarcan una carita de tono ardiente, con facciones de ángel. Hay en sus movimientos, manipuleo y ademanes, esa gracia indecible de los niños cuando ejecutan con esmero algún trabajo.
El hombre lo estudia.
-¿Cómo te llamas?
-¿Yo, patroncito? Me llamo Tista Arana.
Y muestra unos dientes de rata, y pone en el señor unos ojos rasgados, claros y luminosos como la mañana.
-¿Tienes padres?
-No tengo más que mi madrina. Mi madrecita se murió cuando tenía seis años. ¡Era muy linda! Y mi taita me llevó donde mi madrina. Como vivía en la casa de junto... El taba casao con ella.
-¿Y murió también tu padre?
-Se cayó de un andamio, aquí en el Capitolio, y se le salieron los sesos.
-¿Y tu madrina te quiere mucho?
-Ni sé qué le diga a su mercé.
-¿Te pega?
-Me curte muy duro cuando no le junto hartos pesos y cuando toma chicha, y también cuando se me rasga la ropa. Ayer me jartó a totes. Es muy fregada.
-¿Y cuánto ganas al día?
-¿Yo, patroncito? Pues unas veces apenas pa pagale la comida, que son doce pesos, y otras, cuando más, algunos veinticinco. Los grandes sí consiguen mucho.
Pasa a éstas un fámulo con unos paquetes, y, al caérsele uno, salta al andén un riflecito sumamente cuco.
-¡Cómo gozarán los hijos de los ricos! -exclama Tista medio transportado-. ¡Vea ese rifle patroncito!
-¿Quisieras uno así?
-¿Y qué me gano con querer?
-Pues, ¡quién sabe!
El señor le paga veinte pesos por el lustre y lo lleva a un almacén para que escoja un rifle o lo que quiera.
El rapaz no puede creer aquel sueño, no puede comprender acto tan raro. Pensara que el patroncito se burla, a no ser por la paga tan enorme que ha recibido. Entra tembloroso, la cabeza baja, cambiando de colores. No puede oír, no puede hablar. Pero uno de los dependientes, que sabe su oficio, viene en su ayuda. Que escogiera el chico zoquete lo que a bien tuviese ya que la fortuna le sorprendía. Le alcanza tambores, espadas, cornetas, carros, animales. |Un rifle, articula al cabo el chicuelo. Le sacan varios, y elige uno de salón y aire comprimido. ¡Qué maravilla! La lata parece acero, la caja es un primor y mide casi una vara. "No es tan zoquete", dice una compradora. ¡Qué zoquete es un experto! En su turbación desarticula el arma, y, con sus trémulas manitas, hace jugar el mecanismo. Le dan un dardo amarillo, lo pone con precisión y hace puntería con mucha monada a un elefante. A ser blanco le acertara el Guillermito Tell en la propia trompa. "¡Qué chirriado!", exclaman. Explica, entonces, cómo ha visto el tiro en el salón del Bosque y cómo los niños de un míster le han prestado sus rifles cuando ha ido a Chapinero a lustrarles el calzado.
Una docena de flechas acompaña el rifle. Le envuelven todo aquello y lo recibe en un desvanecimiento de ensueño. Dos granujas del oficio y varios mendiguillos le rodean. ¡Qué envidia la de aquellas criaturas! ¡Qué bocas las que abren! ¡Cómo se les transfigura el colega y cómo miran al caballero extraordinario! El caballero paga y sale apresurado. Ya no tiene cara triste: tres pesos de dicha verdadera, bien pueden aliviar un millón de pesadumbres. Pero va pensando, a la vez, que la vida tiene muchos dolores absurdos.
Tista le alcanza, con los ojos humedecidos.
-¡Dígame su mercé ónde vive p'ir a embolarle de balde todos los días y hacerle los mandaos!
-¡Gracias, Tista Arana! Ya no podrás servirme mucho: pasado mañana me voy.
-¿A dónde, patroncito?
-A Cúcuta, donde estoy a tus órdenes.
-¡A Cúcuta!... (Y una ráfaga negra pasa por aquel cielo).
-¿Y cómo se llama su mercé?
-El señor Equis. Para servirte.
Y el señor Equis se embebe entre la turbamulta de la calle.
Los granujas siguen a Tista, lo cercan, se lo disputan, lo adulan. Aquel rifle caído del cielo le ha conquistado en un instante alta posición y gran renombre. Sino que aquel corazón de niño, que no ha sentido el hálito de otro corazón hidalgo; que al abrirse a la vida del afecto, no ha conocido un sér que le proteja, que por su sér se interese, que le arroje un mendrugo de cariño, siente ahora, con esa intución de la niñez desamparada, haber entrevisto la felicidad para perderla al punto. Esto, que el inocente paria no puede comprender, le amarga la posesión repentina de su tesoro.
-¿Dónde será Cúcuta, ala? -dice al más prócer de sus flamantes tagarotes.
-Eso es muy lejos: ¡por allá en los Llanos!
-¿No es cierto, ala, que el señor Equis no me dio limosna como a un chino sucio, sino que me dio un regalo como a un niñito suyo? Es un señor muy bueno.
-Sí: eso fue un regalo que vale mucha plata. ¿No viste, pues que pagó tres billetes de cien pesos? Vendélo pa que comprés ropa.
-¡No, ala! Yo quiero más mi rifle que muchos fluxes. Yo mantenía mucha gana de rifle y me lo dio él.
Yo consigo esta noche el blanco y mañana me voy a tirar al Chorro de Padilla. Yo compro más flechas cuando se me acaben. Yo se apuntar mucho.
Tiró calle arriba, hacia su casa, no tanto por buscar el almuerzo, cuanto por guardar el regalo y contarle a su madrina la estupenda historia. Vivian por Las Aguas, en esa barriada que se extiende falda arriba, entre eucaliptus y cerezos, como banda dispersa de perdices. José Luis, el geógrafo consejero, le sigue hasta allá, por ver si estrenan el arma envidiada.
La niña Belén, madrina del héroe, está a la puerta, medio tomada por la chicha. Oye el relato, admira el rifle ve cómo se maneja; pero no encuentra el acontecimiento verosímil. Si era hurto de los dos facinerosos, que se confesaran con Cristo. Ni el llanto del uno, ni las protestas del otro, ni la entrega de los dineros ganados, la sacan de su sospecha. Tanto moteja a José Luis de instigador y urdemales que el pobre no tiene más remedio que marcharse a la estampía.
-¡Guardá eso horita mismo! -le vocea al triste moco- suelo-. Y yo averiguaré hoy mismo diónde lo sacastes. ¡Y ya sabés!: si vienen aquí los policías a poner pereque, te doy una muenda que te habés de acordar de yo toda tu puerca vida! Andá a almorzar y salí ligero pal trabajo, que hoy es día bueno y mañana necesito pa las Pascuas.
¡Caramba con su madrina! Mientras más trabada la lengua, más violenta para echarle a él unas de machete y otras de cañafístula. ¿Por qué sería así su madrina? El cuitado, entre si rabio o lloro, guarda rifle y flechas bajo la estera del camastro calandrajiento donde dormía, por allá en el rincón más oscuro del tugurio. Toma en volandas el pedazo de pan negro, las dos papas y el plato de cuchuco, ya con nata arrugada por el frío, y... otra vez en busca de la vida.
II
La niña Belén cierra las puertas de su alcázar, se tira sobre el jergón y descabeza un sueñecito de dos horas. Despiértase tan bien, que hasta se siente hermosa y más apta que nunca para la pelea.
No es ni vieja: apenas frisa en las tres docenas; y a no ser por los efectos de la chicha, que ya principian a manifestarse en ese cuerpo gentil, aún quebrara corazones la viuda del maestro Arana.
Por lo mismo que su matrinomio no fue, propiamente, el paraíso de las dichas, ni ella el espejo de las casadas, aspira a segundas nupcias; que un clavo saca otro clavo, y al ladrón arrepentido hay que dejarlo entrar para que muestre su enmienda.
Es su designado para tan alto puesto nada menos que el maestro Ricardo Albarracín, viudo con dos hijos, zapatero de viejo, que tiene por allí cerca un simulacro de taller. Y como el amor fue siempre la gran fuente de inspiraciones, cátame que a la niña Belencito le viene, en tal momento, una idea, una idea redentora. Dicho y hecho.
Hace arqueo, saca plata y sale; se entra en un tenducho; merca por treinta pesos un mamarracho de muñeca, manufacturada en el país y hasta una libra de confites ordinarios. Torna a su casa, se emperejila, se pone cintajos en la cabeza, se echa encima los mejores trapos. Saca las flechas y el rifle; trata de doblarlo y no puede. Se lo amarra entonces en la cintura con la caja hacia arriba y cubre el cañoncito con el delantal. Toma lo otro, cubre todo con el pañolón, cierra y... caminito de mi dicha.
Ni el más leve escrúpulo la escuece. ¿Por qué? ¿Qué iba a hacer ese chino feróstico con el tal escopetín? Holgazanear, molestar, poner pereque o matar a algún cristiano. Sí. Era muy capaz de eso y de mucho más si a mano le venía. Si era tan perverso como la infame que lo había echado al mundo; un culebrón, una tatacoa. ¡El zarcucio éste la tenía jubilada. No había salido de él porque... porque siempre la ayudaba! ¡Valiera la verdad!
Era la niña Belén una de tántas infelices que llevan en su sangre la tuberculosis del vicio. Nacida y criada entre el foco fue un milagro el que hubiese conservado sus pulmones hasta su matrimonio. Pero este santo estado, que a tántos salva, la perdió a ella de un modo galopante. No pudo, por más que lo pidiese a cuanto Cristo hubo, juntar a la de esposa la corona de madre, ni supo guardar aquélla cual debiera. El tal Arana le resultó, desde el principio, muy partidario de la poligamia; y ella tuvo por lógico y equitativo acogerse a la ley mosaica de ojo por ojo y diente por diente.
Las mutuas hazañas de aquel matrimonio endiablado se resolvían en una epopeya palpitante de pescozones a la aurora y escandaleras al ocaso. El cónyuge le prendió, junto al suyo, otro lar, con mucha leña y mucha llamarada. En él se recogía, porque lloviera o porque hiciese sol; en él cifró sus delicias; en él se consiguió lo que no pudo en la incubadora bendecida: un polluelo, como un sol. Pero lo bueno nunca dura. Murió el ave de arrullo melodioso y el nido se deshizo. ¿Qué iba a hacer el pobre pajarraco? Traerle el pichón a la gorriona abandonada para que lo abrigase bajo el plumaje helado de una maternidad postiza.
Sentíase la mísera en la picota del ridículo. Así y todo bregó por querer de algún modo aquel inocente; que no hay mujer que no sea madre en cualquier forma. Mas no pudo mover aquel cariño. En ese corazón leproso no había una fibra siquiera donde pudiesen brotar tan santas caridades. Por fortuna que el padre velaba por su chico y le asistía cuanto un hombre pueda hacerlo. Tánto le quiso que cualquier día le reconoció por escritura pública. Esto envenenaba más, si era posible, a la esposa infecunda. Preparándose estaba para abandonar por siempre aquel techo que le era insoportable, cuando le llevaron muerto y destrozado al esposo aborrecido. Y era tal el tósigo que acendraba aquella entraña, que la viuda sólo vio en aquella tragedia el castigo del culpable y su propia liberación.
A más no poder retuvo en el suyo al huerfanillo: amigos y allegados, lograron que entendiese que si le abandonaba en manos extrañas, ponía en riesgo la mitad de dos barracas y de un lote, que le pertenecían legalmente, como herencia de su marido. Ni escuela ni enseñanza de ninguna especie para aquella criatura que parecía sobrar en la tierra. Su dulzura y docilidad las tomaba la madrastra a hipocresía y falsedad, viendo en él trasunto fidelísimo de su madre. Pronto lo mandó a mendigar y, como era tan lindo y tan simpático, como imploraba con una vocecita deliciosa, siempre llevaba algo a la casa. El mismo, sin que a Belén se le ocurriese tal oficio, se fue entablando en el de limpiabotas, y figuraba en el gremio como el más chiquitín y andrajoso. De ahí adelante lo fue explotando, a más y mejor, la desgraciada mujerzuela.
Henchida de esperanzas se encamina, un tanto envarada por el rifle, al taller de su adorado tormento. Hállalo solo y muy apurado, porque tiene compromisos para el día siguiente, y el oficialillo aprendiz ya se ha declarado en vacaciones. Harto se le alcanzan al remendón las pretensiones de la viuda, de quien tiene las peores referencias. Así es que se pone en guardia acogiendo a la sirena con alguna displicencia. Pero ella no amaina por tan poco. Todavía en pie, le dice muy seductora:
-Hoy no vengo a hacerle ningún encargo, Ricardito. Es que tenemos, esta noche, una parrandita, donde mi comadre Isaura Primisiero; y, como yo soy una de las alferas, vengo a convidalo. ¿No es cierto que no me desaira?
-Mucho le agradezco (sin levantar los ojos del trabajo). Y, desde que pueda, iré con mucho gusto; pero creo que no acabo hasta muy tarde.
-Asómese, aunque sea un momento. Hay novena y van unos piscos que tocan primoroso y una muchacha calentana que canta muy bien. ¡Vaya que no le pesa! ¡Allá verá los bambucos que vamos a echar!
-Haré lo posible; pero no quedo comprometido.
-¡Vaya! No le hace que sea tarde. Venía, también, a trele los aguinaldos pa sus dos chinitos. Como soy tan reservada pa todas, pa todas mis cosas, los treigo muy escondidos. ¡Vea cómo vengo! (Alza él los ojos; ella pone en la mesa flechas, muñeca y confites y se zafa el rifle). Resulta que, como tengo tántas amigas que tienen chinos, no alcanzo pa todos. Esto no es más que pa los preferidos. Este riflecito, con la cajita de flechas, pa Estebitan; la mona pa Carmencita; y estos confites pa que se los reparta a juntos.
-¡Pero, Belén!... ¿Cómo se puso en ésas? -exclama el padre, deponiendo un tantico sus esquiveces.
-¡Eso no vale nada, Ricardito! Y pa eso semos las amigas: pa complacer a los amigos en lo que podamos. Y vea: yo qu'estos que estos regalitos se los dé usté, como cosa suya. La gente es tan fregada que, si comprende qu'es es regalo mío ¡quién sabe lo que dirán!
Belén se sienta; Ricardo desenvuelve el rifle.
-¡Ah, caray! ¡Este es un regalo de rico! Esto le debió costar muchísimo... Con la mona y los dulces era suficiente.
-Yo quiero regalarle a Estebitan algo que le llame la atención: como está tan grande y tan entendido y tan chirriao... A la niña, como toavía está tan patojita, ai le compré ese embustico. Es hasta pecao dale juguetes buenos a los chiquitos, pa que los rompan al momento.
Ricardo examina el arma, presa de encontradas cavilaciones. Calcula su precio y los recursos de la regaladora y aquello no lo compagina. La viuda se va ofuscando.
-Vea, niña Belén, -murmura luego-. Con mucha pena le digo que no es decente que yo le acepte este regalo. Usté quiere que pase como mío y yo soy un hombre muy pobre. Debo dos meses del arriendo del rancho; y el dueño, que vive en la casa de junto, me ha amenazado con quitarme los muebles, si no le pago al fin del mes. Si él ve este rifle a mi muchachito, me pega la insultada del siglo. Con que mejor sería que le hiciera el regalo a otro amigo más pudiente.
-¡Imposible, Ricardito! ¡Eso sería un desaire horrible! Hagamos una cosa...
Suspende, se queda lela, la cara se le desfigura. A estar en pie, se fuera al suelo redonda. En la puerta ha surgido, como brotado de la tierra, Tista en persona. Trae sobre la caja de su oficio un disco de cartón. Los tres guardan espectante silencio. Al fin lo rompre el rapazuelo.
-Madrina: aquí le treigo lo que junté. Me vine desde ahora, porque no hay a quién embolale: to los cachacos y los guaches de botines tan ya emparrandaos. Ya los policías saben que el rifle no es robao. Yo y José Luis les contamos todo y llevamos testigos. El señor que me lo regaló no se llama nada el señor Equis es un dotor de leyes que se llama Javier Villablanca. Vive en el |Hotel Astor. Fuimos ond'él, y él le dijo, también, al policía; y...
-¿Es éste el rifle?
-Por supuesto, mestro Ricardo. Y ¿pa qué lo trajo, madrina?
Belén salta del asiento y se dispara a la calle. El zapatero, descompuesto y tembloroso, agarra el resto del regalo y se lanza tras ella.
-¡Vea, misiá Belén!, le grita ronco. Llévese su mona y sus confites, no sea que resulten con dueños.
Oye ¿cómo no oír? Pero no vuelve el rostro. Va volando, sonámbula, enchichada con un brebaje enloquecedor, que nunca ha probado.
El remendón no acaba de enterarse, por que Tista, por instinto de hidalguía y por temor de su madrastra, trata de tergiversarle los hechos. Ricardo lo despacha, enhoramala, con todos los presentes.
¡Oh, su madrina! ¡Quería regalarle su rifle al chino Esteban! ¿Por qué sería así su madrina? Su corazoncito se le va apretando. Siente angustia, susto, piensa unas cosas vagas que le causan miedo y que le dan tristeza. Ya no piensa en ir, después de la comida, a estrenar el arma. Ya no se ufana de llevarla, ni de ser su dueño exclusivo. No se le ocurre tampoco, probar de los confites.
Prosigue indeciso. ¿Subiría o no a la casa, desde ahora? Tiene que subir, irremediablemente, para entregarle a su madrina la plata y la encomienda. ¿A qué se exponía, si no? Avanza, pero se ditiene en cualquier parte, ensimismado y caviloso. Encuentra conocidos y no les ve; le hablan y no les oye; le rodean, y se retira. "¡Chino gediondo! ¡Chino creído!" -le grita un émulo-. "¡No cabe en el pellejo por ese rifle!" -le grita otro-. "¡Te lo robaste, ladrón! ¡Sos un ladrón!". Nada contesta. Sigue despacio, y por ahí se sienta en un pretil.
¡Ay! ¡Si él se fuera para Los Llanos, con el doctor Villablanca! Le lustraría el calzado, le limpiaría la ropa, le ensillaría el caballo, le pondría las polainas y el espolín; le haría todo, sin que le pagase un peso. Y no le hacía que el doctor le curtiese. De él no le dolerían ni regaños ni totes. Era un patrón tan bueno, tan bizarro con los pobrecitos. ¡Ay, Los Llanos!
Pasan niñeras e institutrices, con sus chiquitines que vuelven de meriendas del |Chorro de Padilla. Pasan carruajes que van de francachela hacia |La Cuna de Venus; pasan las murgas de artesanos punteando sus liras, rasgando sus tiples; pasa gente regocijada y bulliciosa; y Tista, en el pretil, apoyado en el rifle. ¿Por qué se estaría acordando, ahora de su madrecita? ¡Era tan linda! ¡Le daba tántas cosas!
Una nube se desgrana pletórica y Tista corre. Cuando se acerca a la barraca, asoma la madrina, le llama por señas y se entra. No bien el chico traspasa aquel umbral, la puerta gira rauda; Belén tuerce la llave y la tormenta estalla. "¡Este arrastrao! ¡Este bandido!". Le arrebata frenéticamente el rifle y, contra un banco, contra una piedra, con los pies, con las rodillas, con los dientes, lo abolla, lo tuerce, lo quiebra, logra partirlo. Sale al patinejo, contra el vallado termina la obra y lanza, falda abajo, pedazo por pedazo. Vuela adentro, hace añicos la muñeca, avienta los confites, salta, pisotea, pulveriza, epiléptica, posesa.
Tista, hasta entonces paralizado, da un alarido de dolor y espanto. Se queda seco y articula luego:
-¡Me lo quebró, me lo botó, porque el maestro Ricardo no la quiere!
-¡Callá, desgraciao... o te mato!
Le ase de la greña, le arrastra, le da contra el suelo.
- ¡Máteme, madrina! -grita enloquecido-. Máteme, pero es por eso! ¡No la quiere! ¡No la quiere!
Lo pisa, lo golpea. No lo aplasta de una vez, porque ella misma da consigo en tierra, presa de espantosas convulsiones. Tista brinca, como una rana, y se mete debajo de una mesa. Echa sangre por boca y por narices.
Belén sigue en el suelo revolcándose. De pronto da un corcovo y queda rígida. El niño aceza, acurrucado en su escondite. El agua cae a torrentes y la noche se inicia.
La hembra se sacude al rato. Da un corcovo y se encabrita. Llora y suspira, gime y solloza. Mucho ha sufrido en esta perra vida; pero esta afrenta indecente ¡ni en su infierno! Se muere. Mas, ¡qué morir, ni qué demonios!: ¡Chicha!, ¡mucha chicha! ¡Aguardiente!, ¡harto aguardiente! ¡Y reñir y acabar, con esa tolimense tiznada!
Se alza, se estriega, se yergue.
-¡A ver la plata, maldito! -vocifera trágica.
Tista busca entre sus desgarrones y le entrega lo que encuentra. Trastea ella por un baúl y saca un puñalejo, recuerdo de un su amigo. Sale en seguida, y deja bajo llave al infeliz.
Apenas solo, desata los raudales de su llanto. Tiembla, tirita, los golpes le duelen, le duelen mucho. Tan pronto le viene un frío que le llega hasta los huesos: tan pronto un calor que le sofoca. Siente sed, siente que su carita se crece en dolorosa tirantez, que sus ojos se van tapando. Se tira en su esterilla. No sabe si duerme, o si vela o si sueña. Le parece que oye horas, que oye cohetes y músicas lejanas. Al fin oye claro y distinto las campanas. Repican muy recio.
Los ángeles entonan el |Gloria in excelsis Deo y el niño se arrodilla e impreca: "¡Madrecita querida! ¡Lleváme p'onde vos! ¡Ya no quiero ir a Los Llanos! ¡Lleváme madrecita!".